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Oh, oh, oh. Ahora que llega el verano y falta poco para que yo me marche al invierno, he querido poner uno de los recuerdos que me llevaré de la casa en la que todavía vivo. Un rayo de sol. El rayo de sol. Entraba más o menos a las diez, todas las mañanas de primavera, y se detenía en nuestro horrible sofá azul mientras yo abría las cartas del día, ojeaba el periódico o empezaba a trabajar. Ahí está, en la imagen, iluminando un cojín de un equipo de fútbol en el que meó alguna vez el perro famoso de una escritora famosa. No recuerdo si alguien se molestó en lavarlo después, o simplemente lo pusimos ahí, en el sofá, confiando en nuestro pequeño rayo de sol para que lo secase.
Un día me encontré con un conocido, se me ocurrió preguntarle qué tal estaba y el muy malvado me respondió.
El protagonista de un relato de Juan Bonilla se hacía terrorista al descubrir que los países no cambian de color, cuando cruzas la frontera, tal y como prometen los mapas. Hoy, el mundo está en peligro, gracias a un nuevo invento perverso llamado Gooogle Maps, que bajo su apariencia inofensiva y educativa, esconde una fábrica potencial de frustrados terroristas confundidos con un mundo que miente incluso en los mapas. Porque, vamos a ver ¿dónde están las rayas, que según Google, separan unos países de otros?
Leí El señor de los anillos hace muchos años y me gustó. Por aquel entonces me empezaban a salir pelos en la barba y leía siempre escuchando música. Hoy ya no me gusta el libro, los pelos de la cabeza se van distribuyendo por la barba y por más que lo intento, no consigo acordarme de qué música escuchaba mientras leía las aventuras de Frodo. Pero lo peor es esto. Su tesoro.
Si escribir que no se puede escribir también es escribir, ¿recordar que no puedes recordar también es recordar?
Adivine en menos de cinco segundos cuál de estos dos pesados lleva varios meses dando la murga con sus tambores por las calles de un país situado al sur de Europa. Aquí el otro.
Me acuerdo de mi primera impostura laboral y televisiva: guionista de Isabel Gemio. En el primer programa, alguien tuvo la brillante idea de conseguir gente que necesitase una segunda oportunidad. Y me tocó a mí, guía telefónica en mano, llamar a cientos de desconocidos y soltarles un rollo similar a este:"Hola, llamo del programa de Isabel Gemio, por un casual, ¿no necesitará usted una segunda oportunidad?". Si hubiese leído El desencantado nunca hubiese aceptado ese trabajo. Segundas oportunidades. Ése es el engaño.
Dice X: "Que los resultados de las encuestas se los inventan está claro. Por que a ver, ¿alguien conoce a alguien a quien le hayan hecho una encuesta". A mí. Imbécil. A mí, le diría yo. Eso sí, no fue una encuesta electoral, y ni tan siquiera estoy seguro de que fuese una encuesta. Yo tenía unos 15 años, y una tarde apareció en mi casa una señora, "vengo de parte del Gobierno", dijo sin inmutarse, como si uno pudiese decir una frase así y quedarse tan tranquilo, "y venía a entregarle el cuestionario de una encuesta sobre juventud". "Ya me han jodido la tarde", pensé. Pues un poco más y me joden la vida. Porque, sí, la encuesta era anónima, pero, ¿y quién te dice que lo es, de verdad? El caso es que empecé a responder los dos o tres millones de preguntas que incluía. Edad. Sexo. Aficiones. Tururí. Todo normal hasta la tercera página: "¿Has abusado sexualmente de alguna compañera de clase? ¿Has abusado sexualmente de alguna profesora? ¿Has quemado algún contendor en la calle? ¿Has quemado algún autobús? ¿Has violado a alguien? ¿Fumas?
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Si estáis pensando si entregué la encuesta, la respuesta es sí." Y no fumo.
Dice X: "Que los resultados de las encuestas se los inventan está claro. Por que a ver, ¿alguien conoce a alguien a quien le hayan hecho una encuesta". A mí. Imbécil. A mí, le diría yo. Eso sí, no fue una encuesta electoral, y ni tan siquiera estoy seguro de que fuese una encuesta. Yo tenía unos 15 años, y una tarde apareció en mi casa una señora, "vengo de parte del Gobierno", dijo sin inmutarse, como si uno pudiese decir una frase así y quedarse tan tranquilo, "y venía a entregarle el cuestionario de una encuesta sobre juventud". "Ya me han jodido la tarde", pensé. Pues un poco más y me joden la vida. Porque, sí, la encuesta era anónima, pero, ¿y quién te dice que lo es, de verdad? El caso es que empecé a responder los dos o tres millones de preguntas que incluía. Edad. Sexo. Aficiones. Tururí. Todo normal hasta la tercera página: "¿Has abusado sexualmente de alguna compañera de clase? ¿Has abusado sexualmente de alguna profesora? ¿Has quemado algún contendor en la calle? ¿Has quemado algún autobús? ¿Has violado a alguien? ¿Fumas?
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Si estáis pensando si entregué la encuesta, la respuesta es sí." Y no fumo.
Ayer quise inventarme una nueva identidad: de nostálgico y coleccionista de discos. Quise ponerme una camiseta de un grupo desconocido, dejarme el pelo largo o raparmelo al cero, calzarme unas deportivas o unas botas militares e ir a decir adios a mi tienda favorita. Sin embargo, no tengo pelo suficiente ni camisetas de grupos ni deportivas o botas militares. Y sin embargo, leyendo esta crónica sentí algo parecido a la tristeza por un amigo que se va.
Me acuerdo de un mes que vivimos otra vida. En Arica, Chile, con una familia que ya no es familia y que ya no vive en Arica, Chile. A él le llamaremos JL. A ella, P. Cuando JL vino a España, huyendo de una vida que ya no era suya ni nuestra, definió así aquel mes que vivimos con ellos: "Fue el mes que P. y yo fuimos felices. Lo recordábamos así, el mes que fuimos felices". Años después, sus terremotos todavía son los nuestros. Por aquel mes que fuimos felices.
He dormido mal, por el calor y por el frío. Me he puesto el despertador pronto y me he levantado tarde. Me he puesto a trabajar y me he aburrido. He ido a la piscina. Me he perdido. He vuelto de la piscina. Me he perdido y he sacado una foto aburrida. Me he dormido. Mal, por el frío y por el calor. He soñado con una piscina. Y me he vuelto a perder. Cuando he despertado, el despertador ya no estaba allí. Qué calor. Qué frío. Qué lío. Qué aburrida es la vida ficticia.
No me acuerdo por qué, pero escribo más en otros blogs que en el mío propio. Para luchar contra eso, y emulando a un célebre escritor cuyo nombre no diré, pero que empieza por Camilo y termina por Cela, voy a citarme a mí mismo. Recortes.
"Una vez recibí una llamada en el móvil desde mi mismo número. Pongamos que mi número (es un poner) es el 676 777 777. Pues sonó el teléfono, mientras estaba muy ocupado haciendo nada, y cuando me levanté para contestar, reconocí mi propio número en la pantalla. Asustado, dejé que sonará unos instantes, confiando en que yo mismo, al otro lado de la línea, me aburriría de que nadie contestase y dejaría un mensaje en el buzón. Cuando dejó de sonar, recordé que no tenía buzón, y que había perdido la oportunidad de escuchar qué era eso tan importante que tenía que contarme.
lo dijo gregoriok · 15 Junio 2005 06:10 PM
Gregoriok. La historia es buena, pero te aconsejo que quites ese número, que es real. Como a la gente le dé por llamar el dueño se puede molestar bastante ;)
lo dijo Nopuedomas · 15 Junio 2005 06:36 PM
Que digan que llaman de mi parte.
lo dijo gregoriok · 15 Junio 2005 06:52 PM
Vaya, que curioso caso...
lo dijo Nesk · 15 Junio 2005 "
Me gustaría acordarme de este ordenador, pero cuando lo construyeron, yo todavía no había nacido.
No me acuerdo por qué, pero escribo más en otros blogs que en el mío propio. Para luchar contra eso, y emulando a un célebre escritor cuyo nombre no diré, pero que empieza por Camilo y termina por Cela, voy a citarme a mí mismo. Recortes.
"Una vez recibí una llamada en el móvil desde mi mismo número. Pongamos que mi número (es un poner) es el 676 777 777. Pues sonó el teléfono, mientras estaba muy ocupado haciendo nada, y cuando me levanté para contestar, reconocí mi propio número en la pantalla. Asustado, dejé que sonará unos instantes, confiando en que yo mismo, al otro lado de la línea, me aburriría de que nadie contestase y dejaría un mensaje en el buzón. Cuando dejó de sonar, recordé que no tenía buzón, y que había perdido la oportunidad de escuchar qué era eso tan importante que tenía que contarme.
lo dijo gregoriok · 15 Junio 2005 06:10 PM
Gregoriok. La historia es buena, pero te aconsejo que quites ese número, que es real. Como a la gente le dé por llamar el dueño se puede molestar bastante ;)
lo dijo Nopuedomas · 15 Junio 2005 06:36 PM
Que digan que llaman de mi parte.
lo dijo gregoriok · 15 Junio 2005 06:52 PM
Vaya, que curioso caso...
lo dijo Nesk · 15 Junio 2005 "
No es la mirada.
No es el olvido.
No son los familiares, amigos y vecinos que dicen conocerle.
No es que sepa tocar el piano.
No es que sea un virtuoso.
No son los papeles, misteriosos, que agarra con la secreta conciencia de que es lo único que le queda.
Ni tan siquiera, que apareciese, bien vestido, en una playa desierta.
Es que tuviese las etiquetas del traje arrancadas.
Podría hablar horas sobre un libro sin haberlo leído, y sin embargo, olvido las palabras para recomendar, como sea, El Desencantado, de Budd Schulberg.
Y el caso es que no me acuerdo por qué un día quise tener un blog sobre el olvido. Si alguien se acuerda, se admiten ideas.
No me acuerdo del día en que cambiaron el uniforme de Papa por el de soldado de la Guerra de las Galaxias.