En pie
Muévete. Actúa. Muere matando. Mejor en pie que de rodillas. Abandona tu apatía desencantada, tu aire de "estoy de vuelta" y haz algo por un mundo mejor: firma para que Alejandro Sanz no cante nunca más.
Muévete. Actúa. Muere matando. Mejor en pie que de rodillas. Abandona tu apatía desencantada, tu aire de "estoy de vuelta" y haz algo por un mundo mejor: firma para que Alejandro Sanz no cante nunca más.
Me acuerdo de que estuve un rato mirando esa silla y nadie apareció para sentarse en ella.
Desde que Peter se fue, la red está huérfana, como falta de aire. Abro el correo con desgana y visito su blog tres veces al día, en un acto que ya no es reflejo sino intencional. En este nuevo orden mundial, he tomado una decisión drástica: anuncio públicamente la retirada de la candidatura a ser presidente de Internet. Me conformaré con mi pequeño rincón de la calle Corrientes, en un Buenos Aires en pleno invierno mientras aquí se termina este raro verano sin verano. Gracias, D., por la foto y la memoria pequeña.

La mera idea de encontrarme con el Capitán Alatriste mientras huyo (en la playa) del Capitán Alatriste me dan ganas de ensartarlo con su espada y añadirlo a la tradicional paella (de bote).
(En la imagen, el capitán Trueno, que sólo me da ganas de releerlo en verano)
Me acuerdo de que un sábado por la mañana me topé con un joven borracho que se grababa con una navaja en su brazo el teléfono de un piso en venta.
Vino a visitarme el otro día al rodaje. Llegó sin decir nada, con ese pelo blanco que debe tener desde que nació, miró un poco desde lejos, sonriendo, y antes de que pudiese saludarle, ya se había marchado. Era la primera vez que le veía en años, y me hizo tanta ilusión que me desperté llamándole y corriendo por el pasillo de casa. Pero cuando llegué a la cocina, había desaparecido.
Llevo tiempo planeando pasarme a la clandestinidad. Y el sábado estuve a punto de lograrlo.
Carretera secundaria de Segovia. 11 de la mañana. Sol. Detrás de una curva, un control policial. En el coche llevamos material terrorista: lechugas, toallas, una botella de vino y dos ejemplares del número secuestrado de la revista El Jueves. Uno de ellos está precintado, lo mantenemos en la bolsa para deleite de generaciones futuras. El otro rula de mano en mano, provocando comentarios unánimes: Leticia tiene cara de aburrida.
El agente de la benemérita nos hace ralentizar, nos mira atentamente, y nos deja pasar, sin tan siquiera registrar el maletero, introducir los perros y obligarnos a desnudarnos para ver si llevamos la portada prohibida en algún oscuro orificieo de nuestra anatomía. Gran decepcción. Seguiré tentando a las fuerzas del orden, y para empezar, afirmo que la portada me parece indignante... por floja. Ala.

No soy la mujer barbuda, ni el hombre bala. Tampoco el payaso ni el enano, ni el trapecista, el domador o la chica al que el mago corta en mil pedazos todas las noches. Pero trabajo en un circo. Y todas las mañanas, cuando entro por la puerta, y veo la pista vacía, los caballos dormitando en sus cuadras y las caravanas de los artistas cerradas, dormidas, me acuerdo de mi abuelo, al que tanto le gustaba el circo, y que no perdió una sola ocasión de ir a verlo con la excusa de sus nietos pequeños, y de una tarde en Coney Island, al borde del mar, símbolo de un verano inolvidable.

El otro día tocó en Madrid un grupo de abuelos que alguna vez fue un grupo de rock. Y no fui a verles.
Van a regalar 2.500 euros por tener un hijo. ¿Con Iva o sin IVA, con factura o sin factura, en A o en B?
Si riego las plantas, se mueren. Si no las riego, también.
Y quiero pensar que nada de esto puede ser casualidad. No puede ser una de esas cosas que pasan.

Pide una IP fija, dijo el informático. He buscado en carnecerías, colmados, decomisos y grandes superficies, sin éxito. Y me acuerdo de cuando no existía internet, escribía con bolis azules (ahora son negros) y quemé la mesa de estudio mientras preparaba, sin demasiado interés, un examen de Física y Química.
Metieron mano en mi mochila. El teléfono (movible) les decepcionó enseguida: no es en color, no tiene juegos, no tiene tono-politono-sonitono. Sólo vibra. Y mal. Enseguida descubrieron la cámara.
Siguiendo la última tendencia en blogs (esto es, convertirlos en fuentes de dinero con las que subvencionar vicios inconfesables), he decidido reconvertir nomeacuerdo en una autopromo de mí mismo . A partir de ahora, cada post será en realidad un link hacia nomeacuerdo , para incrementar escandalosamente las visitas y así lograr mi objetivo secreto: convertirme en presidente de internet. Pincha aquí .
Y aquí.
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De "la fiesta de la democracia" (asesinaría a quien sea capaz de decir esa frase sin sonrojarse) destaco mi tentación de introducir una loncha de choped en el sobre de votación por correo. Me reía de sólo pensar la cara del vocal de mesa encargado del recuento. Y la discusión: ¿es choped o es mortadela? ¿Izquierda o derecha? ¿En blanco o nulo?
Prosigo mi labor de espionaje industrio-sentimental. Domingo, 11:45 h. Alguna ciudad del centro peninsular. Adelanto por una calle tranquila a un grupo de cuatro adolescentes. Camisetas de tirantes y pantalones más estrechos que mis calcetines. Tengo prisa. Pero al sobrepasarlas, cazo al vuelo la siguiente frase:
- No creo que consiga enamorarme nunca.
Y detengo el paso.
- ¿Por qué?, le pregunta otra.
- Porque las veces que lo he intentado, siempre me ha salido mal.
- Tía, seguro que encuentras uno y te enamoras.
- Que no, que a mí, aunque un tío me mande dos sms al día, ya no me enamora.
Acelero.

Me resulta imposible despegarme del pasado. Así como hay verdaderos artistas de la mutación, del autoborrado de su historia, de la negación de lo que afirmaron, no puedo dejar de reconocer que lo que soy es culpa y obra de lo que fueron lo que estuvieron antes que yo, de lo que fui hace un rato, de lo que fui hace mucho. Y ahí entran ellos. No está de moda, no se lleva, no aparecen en las revistas de tendencias, pero no puedo dejar de considerarlos parte de mi formación, de mi familia, de lo que representaron para gente querida. Triste es tener que encontrar esto en un lugar como este, pero será el signo de los tiempos, que han cambiado sin que me avisen.
Dos días pintando una casa al ritmo de David Bowie y sus viajes espaciales. La pared del pasillo es rojo bermellón. La del cuarto de trabajo es el pantone MT154. Me acordaré siempre.
B. soñó el otro día que un servidor era un espía soviético. Precisamente, el mismo día en que terminé mi primer Manifiesto cinematográfico, a la manera de Vertov, en favor del cine que a mí me da la gana. Todo encaja. Soy, pues, un espía a sueldo de un país que no existe más, y mi primer encargo consistió en anotar todas las conversaciones que se produjesen a mi alrededor, entre las 12:24 del mediodía y las 15:38 de la tarde. Ayer.
Ciudad intederminada del hemisferio norte. Europa. 15:23. Restaurante de comida rápida. Cuatro amigas de entre 34 y 37 años. Restos de comida nada baja en grasas.
Chica 1: P. quiere cambiar de coche.
Chica 2 (con cara de asombro): ¿Y el descapotable?
Chica 1 (con gesto de desdén): Bah, se ha cansado de él. Quiere un todoterreno que ha visto. Un Audi, creo. Gris. Sí. Gris.
Gestos de aprobación de Chica 2, Chica 3 y Chica 4.
Chica 1: Y fijáos, el día del atentado de Barajas, él estuvo a punto de aparcar el descapotable allí. Me llamó, todo enfadado: "¡Qué mala suerte! Si lo llego a aparcar, ahora el seguro me habría pagado el coche nuevo. Qué putada. Ya es mala suerte, joder".
No, a los espías soviéticos no nos está permitido insultar, emitir juicios o tirar refrescos de cola por la cabeza de nuestras presas.
Sin: