me acuerdo
Ceremonia
Hace un año de esta foto hecha con una cámara prestada. Hace un año que no la veía, y al encontrarla vuelven de nuevo la delicadez incomprensible pero fascinante de una ceremonia del té en pleno Montevideo. Los kimonos de colores. El silencio. El frío de la sala. Un chandal. ¿Sabía usted que hay emúes en Isla Francia?El tercer brazo.
Si la teoría de la evolución es cierta, los uruguayos debería desarrollar en no menos de tres generaciones un tercer brazo. Para sostener el mate. Actualmente, con los mismos dos brazos que tenemos todos, apenas dan a basto. El mate en una mano. El termo con el agua caliente en otro. El bolso.
La mochila.
El periódico.
El celular.
Las llaves de casa.
O conducir.
Todo esto lo hacen con el brazo que les queda libre. Es decir, con ninguno. Pero lo hacen.
(A los señores de la foto, lógicamente, no les conozco ni falta que hace, google mediante).
Aquí (ahora) sí
Fly me to the moon
El día que pusieron el pie en la luna yo no estaba todavía. Pero he revivido esos días muchas veces, en las páginas de uno de mis libros favoritos. Google, ese buscador que aspira a clasificar TODO y ponerlo al alcance de TODOS, ha dado un nuevo pequeño paso para el hombre. Fly me to the moon. Vía helio.Si se pone el sol
Escribir sobre el recuerdo que deja una película que escribe sobre el recuerdo. Escribir que la ví en una silla incómoda.
Escribir que la ví en versión original, sin subtítulos, en una copia clandestina, y con una traducción lenta del texto en las manos.
Escribir que miraba el texto y la pantalla, a la vez y a oscuras.
Escribir que es más que una película.
Escribir que no es una película.
O escribir que tal vez es la película.
O escribir que da miedo enfrentarme a un texto infinito y deslumbrante para traducirlo al español.
Enfermedades. 1.
Inauguro subsección ocasional dentro de un blog ficcional, falso, literario y memorístico al mismo tiempo: Enfermedades. Verdaderas o falsas, propias o ajenas, vividas o imaginadas. Para mí, todas las enfermedades son mías. Todas las he padecido o las padeceré en un futuro, y todas son susceptibles de encerrarme en casa durante unos días. O de llevarme de médico en médico sin solución. Hipocondriaco. Para empezar con un pie en la realidad, hoy hablaré brevemente de mi hernia inguinal, enfermedad propia de gente que hace ejercicio, obreros, maquinistas o deportistas. No hace falta subrayar que ni hago ejercio ni soy obrero ni acostumbro a cargar ladrillos de un lado a otro. Se da preferentemente entre mayores de 40 años. Yo la padecí con 17. En alemania. Sin saber alemán. El médico que encontré, después de varios días con un dolor insoportable, tampoco sabía español. Ni francés. Ni inglés. En latín consiguió hacerme entender qué es lo que tenía. Cuando volví a casa, un médico patrio me introdujo la mano, con guante, por un espacio vacío que hay entre la pierna y lo que hay a su lado. "Hernia. Si te duele dentro de un mes, hay que operar". Todavía está esperando.Llamamiento
El dandy de impecable camisa blanca bajo el mono de trabajo es García Lorca. A su izquierda, su hermana Isabel, de blanco reluciente, y Modesto Higueras. A su derecha, y queriendo abrazar cariñosa a Lorca, María del Carmen Lasgoity. Una desconocida. O no. El año pasado, revisando unas viejas imágenes familiares de super 8, antes de mi huida a Montevideo, apareció una que me intrigó mucho. Un hombre.
Un barco.
Una despedida.
Un tío de mi padre, llamado como yo, el día que emigró a Montevideo, cincuenta años antes, el mismo nombre y el mismo destino. El padre de una de las fundadoras de La Barraca. Él no volvió nunca. Yo sí. Se ofrece recompensa. Datos. Fechas. Lugares.
Primer paso
B. recuerda el día que entendió por primera vez lo que leía. Yo no recuerdo cuándo leí entendiendo, pero recuerdo, por obra y gracia de la memoria familiar, mis primeros pasos, con nueve meses, tras un pastel de chocolate en una campa verde que no sale en la imagen.Mi relación con la tele
Dejé de ver la tele el día que tuve que sintonizarla con un clip y tras una hora intentándolo, descubrí que no había nada que me apeteciese ver. Desde entonces, mi relación con ella se limita a esto: sacarle fotos con cámaras prestadas porque me gusta la textura de las rayas horizontales. Esta cara, sacada de alguna serie americana, representa muy bien el miedo que me provoca encender el televisor. Aquí y allí.Olimpiadas
Cuatro recuerdos banales en torno a las olimpiadas, ahora que el tema ya no está de moda:1. Un jefe que tuve decía que no se puede llamar Olimpiadas a los Juegos Olímpicos, porque las Olimpiadas son, estrictamente, el tiempo que hay entre unos Juegos y los siguientes. Muy bien.
2. De Barcelona 92 olvido todo excepto un vídeo que se compró mi tío cuando terminaron los juegos, y que había pertenecido a la Villa Olímpica. Era moderno, descodificaba Canal + (esencial para los deportistas) y tenía a Cobi dibujado en la tapa. Muy bien.
3. Visité con mis padres el Estadio Olímpico en mi primera visita a Barcelona, y lo único que recuerdo es que pensé: ¿Y si se cae el chirimbolo donde está la antorcha olímpica?. No se lo dije a nadie, por miedo a parecer cenizo. Muy bien.
4. En la universidad trabajé como fotógrafo durante dos días para el periódico oficial, pero al director no le gustaron mis fotos. Dos de mis fotos. Una, de una conferencia de un señor importante, a la que no había ido nadie, y en mi foto se veía que no había ido nadie. "Tienes que intentar que parezca que ha ido gente", me dijo. Eso es periodismo. La otra , que tampoco le gustó, era de un señor que tenía que ver remotamente con las Olimpiadas (o los Juegos Olímpicos). Le hice sostener cinco aros de colores con manos y dientes y el hombre se hizo un lío. La foto la he perdido, pero la recuerdo como ridícula y divertida. No quisieron pagarme el revelado. Muy bien.
Un cubo
Iba a escribir sobre un cubo que usan los portugueses en los campings, en el que depositan durante la noche, y sin necesidad de salir de la tienda de campaña, sus necesidades, y que vacían recién levantados en los baños comunes, en presencia de otros portugueses con otros cubos y otras necesidades. Pero al ir a buscar en Google (para ver el miedo que da Google, me remito a los comentarios a mi anterior post) una imagen de un cubo, me he tropezado con uno mejor. El de Rubik. Y me he acordado de mi abuelo, que nos dejó como herencia un papel doblado cuidadosamente en el que había dibujado, con todo lujo de detalles, las instrucciones precisas para resolver el dichoso cubo. Y ya.Egobúsqueda
Cada cierto tiempo es interesante hacer una egobúsqueda en Google. Introducir tu nombre y ver qué resultados ofrece. Haciendo eso descubrí hace poco que una revista de ultraderecha con la que colaboré siendo de ultraizquierda vende mis artículos por internet al módico precio de 5 dólares. Hoy he probado a introducir mi nombre en el buscador de imágenes de Google, y el primer resultado aparece aquí. Y en la imagen que acompaña estas líneas. Me gustó, porque me recuerda aquellos días en que andaba en bici con un primo que ya no es primo. O sí, pero como si no. Y ya.Nota para desmemoriados: gracias a todos los que votáis a este blog en la insólita categoría de ficción, contribuyendo a sembrar la confusión entre los géneros (masculino y femenino también, claro). No os olvidéis de seguir votando.
Para acabar con los aniversarios redondos
Una extraña forma de celebrar un aniversario de no redondo.Cuando Nomeacuerdo se despertó una mañana después de un intranquilo sueño, se encontró sobre su cama convertido en Kafka con cinco años de edad. A su lado, un caballito sucio y casi tan siniestro como su dueño. ¿Quién cabalgaría el día 3 de 2005 sobre el caballito de Kafka?
Un rayo de sol
Oh, oh, oh. Ahora que llega el verano y falta poco para que yo me marche al invierno, he querido poner uno de los recuerdos que me llevaré de la casa en la que todavía vivo. Un rayo de sol. El rayo de sol. Entraba más o menos a las diez, todas las mañanas de primavera, y se detenía en nuestro horrible sofá azul mientras yo abría las cartas del día, ojeaba el periódico o empezaba a trabajar. Ahí está, en la imagen, iluminando un cojín de un equipo de fútbol en el que meó alguna vez el perro famoso de una escritora famosa. No recuerdo si alguien se molestó en lavarlo después, o simplemente lo pusimos ahí, en el sofá, confiando en nuestro pequeño rayo de sol para que lo secase.
El engaño
Me acuerdo de mi primera impostura laboral y televisiva: guionista de Isabel Gemio. En el primer programa, alguien tuvo la brillante idea de conseguir gente que necesitase una segunda oportunidad. Y me tocó a mí, guía telefónica en mano, llamar a cientos de desconocidos y soltarles un rollo similar a este:"Hola, llamo del programa de Isabel Gemio, por un casual, ¿no necesitará usted una segunda oportunidad?". Si hubiese leído El desencantado nunca hubiese aceptado ese trabajo. Segundas oportunidades. Ése es el engaño.Encuesta
Dice X: "Que los resultados de las encuestas se los inventan está claro. Por que a ver, ¿alguien conoce a alguien a quien le hayan hecho una encuesta". A mí. Imbécil. A mí, le diría yo. Eso sí, no fue una encuesta electoral, y ni tan siquiera estoy seguro de que fuese una encuesta. Yo tenía unos 15 años, y una tarde apareció en mi casa una señora, "vengo de parte del Gobierno", dijo sin inmutarse, como si uno pudiese decir una frase así y quedarse tan tranquilo, "y venía a entregarle el cuestionario de una encuesta sobre juventud". "Ya me han jodido la tarde", pensé. Pues un poco más y me joden la vida. Porque, sí, la encuesta era anónima, pero, ¿y quién te dice que lo es, de verdad? El caso es que empecé a responder los dos o tres millones de preguntas que incluía. Edad. Sexo. Aficiones. Tururí. Todo normal hasta la tercera página: "¿Has abusado sexualmente de alguna compañera de clase? ¿Has abusado sexualmente de alguna profesora? ¿Has quemado algún contendor en la calle? ¿Has quemado algún autobús? ¿Has violado a alguien? ¿Fumas? ...
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Si estáis pensando si entregué la encuesta, la respuesta es sí." Y no fumo.
Un mes
Me acuerdo de un mes que vivimos otra vida. En Arica, Chile, con una familia que ya no es familia y que ya no vive en Arica, Chile. A él le llamaremos JL. A ella, P. Cuando JL vino a España, huyendo de una vida que ya no era suya ni nuestra, definió así aquel mes que vivimos con ellos: "Fue el mes que P. y yo fuimos felices. Lo recordábamos así, el mes que fuimos felices". Años después, sus terremotos todavía son los nuestros. Por aquel mes que fuimos felices.