Nunca me gustó bajar a la plaza a jugar. La que había, y hay, junto a mi casa, era inhóspita, llena de cagadas de perro y con unos niños que me caían mal, de manera sistemática. Me gustaba más la plaza de mi primo. La plaza más rara del mundo. Era grande, blanca, y tenía un extraño anfiteatro, que quería ser romano pero era sesentero, que nos encantaba. Hace años que dejé de ir a ella, y hace algunos menos, dejé de ver a mi primo. Ahora tampoco hay plaza, ni anfiteatro, y al descubrirlo, recordé aquella vez que unos niños mayores que yo me propusieron formar parte del equipo de Indurain a cambio de que les prestase mi bici un rato. Les dije que no, y ahora podría ser Amstrong en lugar de Amstrong.

El Tour es mío