16
Ayer recibimos una caja de Japón con varias películas antiguas en 16 mm. Y me acordé de un día de invierno que parecía de verano en Montevideo, hace no muchas vidas, cuando acompañado de J. y M. me compré por un precio ridículo una cámara como la de la imagen.
Datos a no tener en cuenta:
Feria de Tristán Narvaja.
Domingo.
Comimos en Don Trigo pasadas las cuatro de la tarde.
M. sacó fotos que no nos ha enviado.
Bebimos Pilsen.
Y pensé en rodar una película sobre un día de invierno que parecía de verano y tres amigos que compran una cámara con la que sueñan hacer una película de verano en invierno. Ayer comí con J. y E. Pero esa es otra historia.
Una vez me prometí a mí mismo dar salida a las fotos que acumulo sin orden ni concierto, en un claro síntoma del síndrome de Diógenes. No lo cumplí. Así que usaré esta playa libre para colgar una de mis fotos favoritas de uno de mis rincones favoritos: una esquina de la parada Bilbao del metro de Madrid. Un doble homenaje a otros blogs bilbainos y a un metro que ya no existe, oculto por las capas de plásticos modernos con las que el ayuntamiento ha decidido hurtarnos su propia historia.

Nunca me gustó bajar a la plaza a jugar. La que había, y hay, junto a mi casa, era inhóspita, llena de cagadas de perro y con unos niños que me caían mal, de manera sistemática. Me gustaba más la plaza de mi primo. La plaza más rara del mundo. Era grande, blanca, y tenía un extraño anfiteatro, que quería ser romano pero era sesentero, que nos encantaba. Hace años que dejé de ir a ella, y hace algunos menos, dejé de ver a mi primo. Ahora tampoco hay plaza, ni anfiteatro, y al descubrirlo, recordé aquella vez que unos niños mayores que yo me propusieron formar parte del equipo de Indurain a cambio de que les prestase mi bici un rato. Les dije que no, y ahora podría ser Amstrong en lugar de Amstrong. 

Mi abuelo. Y mi madre. Y yo de vacaciones en Ibiza, donde vive y trabaja el hermano de B.