Azaña
Por razones que no vienen al caso, llevo una temporada visitando páginas de informática y otras creencias sobrenaturales. No he podido comprobar si todos los usuarios o dueños de las páginas tienen, como manda el tópico, gafas de pasta y cristales gruesos, además del pelo grasiento, porque casi ninguno de ellos ofrece una foto para comprobarlo. Esta falta de transparencia me lleva a afirmar, sin temor a equivocarme, que efectivamente, todos ellos tienen gafas de cristales huesos y pelo grasiento. Pero el asunto que me trae aquí hoy es otro. En mi periplo informático he comprobado que el 99% de estas páginas contienen faltas de ortografía que equivaldrían, en un sistema judicial decente, a una cadena perpetua o a un regresión a los tiempos de la EGB. Al principio pensé que se trataban de simples despistes, y los pasé por alto. Más tarde opté por intentar corregirlos, educadamente. Y hoy he decidido no visitar nunca más estas páginas, después de recibir una curiosa respuesta al tratar de explicar por qué Azaña (señor al que mi abuelo admiraba mucho) no es lo mismo que Hazaña (señor al que mi abuelo no conocía de nada). Ahí va:
"...esto es un blog tecnológico y no trata sobre letras ni lengua castellana, así que no pasa nada por cometer unas faltas y te lo digo con respeto".
Personalmente, pondría una coma después de "faltas".

Recuerdo la vez que me propusieron ser negro de un escritor. O más bien, de alguien que iba a publicar un libro pero que no sabía escribir (¿no hay leyes contra estas cosas?). No dudé un instante en responder que sí: la posibilidad de colar homenajes a mis amigos en un texto ajeno, bromas internas, guiños y bombas de relojería era demasiado tentadora. Sin embargo, el libro nunca se llegó a escribir. Ahora tengo que escribir un discurso de agradecimiento para alguien querido, y aunque lo intento, no se me ocurren maldades que esconder entre líneas.

Lo dijo
Mejor: recuerdo la fórmula, y recuerdo el momento de lucidez en que conseguí entender qué es lo que quería decir. Pero se me olvidó.
Si escribiese la crónica de los últimos días, visita
El protagonista de La Jetée, de Chris Marker, es capaz de viajar en el tiempo gracias a una imagen de infancia fuertemente grabada en su memoria. Yo, sin blanco y negro, y en plan modesto, he descubierto una manera mucho más sencilla de viajar en el tiempo, no saber en qué día vives, olvidar quién eres y en qué trabajabas antes de estar casi dos días seguidos sin dormir. Si alguien tiene pistas sobre mí mismo, por favor, se ponga en contacto con la Cámara de escritura para desocupados.
Intento acordarme de si he visto algún eclipse alguna vez, pero sólo encuentro en mi memoria fragmentos de informativos, fotos de periódicos y locutores de radio. ¿Sirven las imágenes ajenas como recuerdos propios?
¿Sigue existiendo la letra Ch? ¿Y por qué?