Detenido
Nomeacuerdo si estoy detenido. Quizás la labor de profesor universitario pueda, algún día, llegar a ser considerada como una detención ilegal. Una especie de Guantánamo individualizado.
Pero sí me acuerdo de una vez que estuve muy cerca de estar detenido. O eso creía yo. En la cola del servicio de inmigración del aeropuerto de Miami, rodeado de perros policías, señores con trabucos y cámaras de seguridad de las te ven desnudo, oí, en perfecto inglés y por megafonía, la siguiente frase (con el nombre cambiado por cuestiones de seguridad): "Nomeacuerdo, por favor, dirígase urgentemente al mostrador de seguridad". Un compañero de viaje se ofreció a hacer las gestiones frente a Amnistía Internacional mientras yo pensaba cuándo podían haberme introducido uranio, coca o goma-2 en mi mochila. Temblando, sin afeitar y con cara de sueño, me acerqué al mostrador, donde una amable militar vestida con metralleta y muchas municiones me dijo: "Toma, se te ha caído tu billete de avión por el pasillo".